Ecos del Cañon - (de Adriana Grossi)

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Hace un par de semanas me anoto para ir a correr una carrera a Catamarca, prometía un recorrido nuevo para mí, en las yungas. Y una distancia interesante para entrenarme: 30 km. 

Somos tres los que viajamos y decidimos salir temprano ese mismo día. Suena el despertador y suena la lluvia afuera. La idea de seguir acurrucada y escuchando el concierto de agua es interesante, pero no voy a acobardarme ahora. Quizá allá no haya caído ni una gota. Además ya di mi palabra. Además, si me quedo, me voy a arrepentir. A esta altura me conozco bastante.

 

 

 

 

 

 

Salimos y sigue lloviendo. Nos mensajeamos con la gente que organiza y nos dicen que allá llueve, pero que se corre igual. Y ahí vamos. Preguntamos a unos amigos que están ahí desde la noche anterior y nos cuentan que van horas de lluvia sin parar. Esto va a estar bueno, nos decimos. 
 
Pasamos Catamarca y entramos a La Merced y a unos pocos kilómetros más llegamos al punto de encuentro, en un camping. Llueve mucho, como la hostia. El horario de largada se atrasa, porque en el camino de entrada se quedaron algunos autos. Pienso en cómo vamos a hacer para salir, pero no por mucho tiempo, primero hay que correr. Nos amontonamos en un quincho, hay buena música, bailamos para sacudirnos el agua y el frío. Me encanta esa tensión y esa alegría que se contagia. En ese momento somos todos compinches, amigos o conocidos. Todavía falta un rato para que seamos rivales. 
 
Cuando el clima es extremo, como ese día, siempre nos preguntamos lo mismo en voz alta: ¿corro con rompevientos o sin él? ¿Corro en mangas largas o cortas? ¿En calzas largas o cortas? ¿Cuánta agua llevo? Al final cada uno se la juega, sabiendo que una decisión equivocada puede costarte unas horas de incomodidad. De frío o calor. De cargar peso de más o de deshidratarte.
 
Largamos casi al mediodía. En un minuto estamos a la puerta del más largo de los túneles que vamos a pasar. Después me voy a enterar que se hicieron para un trazado del ferrocarril que nunca prosperó. Tenemos 2 km por delante, en total oscuridad y con agua en el piso, que en algunos casos, llega a las rodillas. La linterna alumbra algo pero no me deja adivinar dónde está el fondo. Un par de veces está más lejos de lo esperado. Un par de veces hay piedras grandes. Sigo, no paro. Quiero que ese puntito de claridad al final se agrande, así que apuro todo lo que puedo. Cuando estoy del otro lado las piernas acusan haber corrido en el agua. No importa, tengo un paisaje adelante mío que me saca la respiración.
 
Todo es verde brillante, menos el piso, que es lodo. No sé si corro  o si me deslizo. Hago slalon agarrada de los árboles. Cruzo unos arroyos y por fin llego a la vieja Cuesta del Totoral. Me da un respiro correr por un sendero de ripio un rato, pero claro, hay que volver. Ahora a subir y por el barro otra vez. A cruzar un par de arroyos que por esos lados, o porque no para de llover, traen más agua. Miro a los ciclistas enterrarse en el barro, así y todo me dan paso. Uno me ayuda con una mano en una bajada. Vuelvo al túnel largo, pateo el agua con toda la fuerza que me queda.
 
Unas tres horas después llego a la meta. Mi amiga Cecilia me está esperando y me abraza. Esa es la parte que más me gusta. Ahora a sacarse la ropa empapada y a tomar algo caliente. Nuestro compañero de viaje no llegó a pesar de haber salido en la punta. Más tarde nos vamos a enterar de que corrió mucho más de la cuenta porque se perdió. Gajes del oficio del corredor de aventura, nos decimos. Él se lo toma con humor y como aprendizaje. Todavía no sabe (ni él ni nosotras) que salir del camping para volver a casa va a ser otra aventura.
 
El camino es un pantano. Aparece un salvador, un hombre en una chata nos tira con una linga en varias partes. Hay otras personas, todos se embarran y nos ayudan a salir. Están empapados y sucios pero se ríen. Les damos las gracias mil veces y todavía parece poco. Pienso en que casi a diario sufrimos del egoísmo ajeno. En esta época en la que prevalece el “yo”, que alguien haga algo así por otro parece un milagro. Y el domingo hubo varios. Esa mano en una bajada en plena carrera, las que empujaron el auto, la que ató la linga y nos saludó después. ¿Será la montaña que nos vuelve solidarios? Quizá nos relajamos por un rato y tratamos al otro como nos gusta que nos traten a nosotros. 
 
No lo sé, pero es una linda sensación sentirse parte de una comunidad, la de la aventura.
 
 

 

Con Horacio y Ramiro, esperando a largar

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